lunes, 21 de mayo de 2012

La educación como pilar de la democracia



La educación es un factor determinante en la democracia, ya que la educación es la formación básica del pueblo; a través de la educación se aprende desde a leer y a escribir hasta el aprendizaje de materias avanzadas para trabajos especializados. Pero la educación no sólo consta como formación académica de cara al futuro profesional de los ciudadanos, ya que también cumple una función muy importante como instrucción cívica, ya que nos forma socialmente; nos prepara para vivir en sociedad. Es por tanto, uno de los instrumentos sociales más importantes, y, ya que es formación básica académica, cultural y cívica, es el primer pilar de la democracia, en la que el pueblo, una vez asimilada la formación básica, es el que, mediante el voto libre en las elecciones, decide a los gobernantes del país. Herbert Spencer (Naturalista, psicólogo, filósofo y sociólogo británico del siglo XIX) dijo que «Educar es formar personas aptas para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros», con lo que dejó clara la gran importancia de la educación para las personas en la democracia, hacer que los ciudadanos estén capacitados de ejercer su derecho a gobernarse a través del sistema de votos según sus intereses y voluntades, y no por las de personas ajenas, lo cual, es el concepto básico de una democracia real y justa.
Nos adentramos por tanto, en que en un sistema democrático, el ciudadano ha de estar en condiciones de conocer los datos elementales de las opciones políticas con una debida formación a fin de poder formar una opinión fundada para poder ejercer su derecho a voto. Asimismo, la educación debe ser pública e imparcial, y, como complemento a esta formación básica, ha de existir una difusión de información y libertad de expresión para que la democracia no sea un simulacro. De esta forma, tanto la educación como la información, como derechos y deberes, son dos condiciones indispensables para el funcionamiento del sistema democrático. Giovanni Sartori en su libro ‘Homo Videns habla de la información también como factor clave de formación, y es que, la decisión política es opinión; un parecer, no un saber o ciencia únicamente. Para crear dicha opinión, Sartori menciona tanto la importancia de una formación cognoscitiva (lo que equivale a saber resolver problemas respecto a una materia, en este caso, sería la política) como estar bien informado de lo que ocurre, lo cual requiere una inversión de tiempo  atención para poder asimilarla y entenderla; un interés, ya que la ausencia de interés hace realizar un esfuerzo, pero no asimila los mismos datos y por ello acaba abandonando la labor de informarse. Por tanto, un ciudadano formado cognoscitivamente e informado con interés, garantizará una elección adecuada en su voto, pero sólo es un voto, por lo que, si traspasamos esto a toda, o al menos, gran parte de la sociedad, a través de medios y educación pública, por ejemplo, y provocáramos que el número de personas informadas se incremente, y, al mismo tiempo, su competencia, conocimiento y entendimiento, el resultado es un gobierno potenciado, capaz de actuar más y mejor que antes. La desventaja es, como ocurre actualmente (debido en gran parte a los medios de información y educación de baja calidad), la dirección se invierte, nos acercaríamos a un gobierno debilitado y a una crisis política como la actual.
La educación del ciudadano (como participantes activos en la política), dice Mazzina en su artículo, no solo debe estar destinada a consolidar la democracia como sistema mediante las elecciones cada cambio de legislatura;  sino que debe potenciar y fortalecer el desarrollo de la democracia como un estilo de vida que favorezca a la convivencia. Educar para la democracia significaría aprender a vivir en democracia; la capacidad de actuar cívica y responsablemente, consustanciándose con valores como la justicia, libertad, responsabilidad, legalidad, pluralismo, tolerancia, respeto mutuo, participación activa y la democracia propiamente dicha.
Educar en y para la democracia implica crear las condiciones que hacen posible la vivencia y la práctica de dichos valores. Es por ello también que la educación es un instrumento fundamental para la democracia, porque no solo debemos transmitir conocimientos o contenidos (por ejemplo, aprender de memoria nuestros derechos constitucionales) sino, generar conductas sociales responsables que serán las que obrarán como el mejor guardián de los derechos inalienables de todos y cada uno de nosotros (siguiendo nuestro ejemplo: cómo ejercer esos derechos y cómo respetar esos mismos derechos para los demás), es decir, de nuevo, una educación cognoscitiva.

La educación política es  además una forma de promover el compromiso con la democracia de calidad y la propia libertad. Debemos propender por tanto a la capacitación de los ciudadanos y estimularlos para que participen en forma responsable en y para su comunidad, ya sea a nivel local, regional o nacional. La democracia solo se revitalizará cuando los ciudadanos nos convenzamos de que tenemos una palabra que decir y que hacer respetar, ya sea en nuestro barrio, en nuestra ciudad o en nuestro propio país.
Pero también hay que mencionar que la ‘delegación de autoridad’ operada frente a la imposibilidad de ejercer el poder de forma directa exige mayor transparencia y eficacia en la elección de los representantes, el proceso de toma de decisiones, la gestión cotidiana del gobierno y la administración en la ejecución de las políticas y el control de las instituciones. Pero para ello de nuevo es necesario poseer un conocimiento completo de qué y cómo se puede controlar. Por tanto, desde esta perspectiva se hace necesario que el proceso electoral sea conocido por cada ciudadano, de manera que su participación electoral sea debidamente informada tanto en relación con los procesos y mecanismos electorales como respectando a los contenidos que concluyen en el proceso electoral.
Y es que este es el momento en el que el pueblo, ejerce el acto de elegir, reelegir, rechazar, incluso, remover al gobierno. Por otro lado, en el contexto de los procesos electorales sería necesaria la educación y capacitación básica de aquellos ciudadanos que deben asumir roles específicos, tales como integrantes de las mesas receptoras de sufragios, representantes o apoderados de las candidaturas que participan en el proceso. Así surge la necesidad de una labor educativa significativa que posibilite y facilite la participación de los ciudadanos en los procesos electorales más específicamente.
Y de momento, lo más cercano a una formación cívica política que hemos tenido en la educación de nuestro país, ha sido el intento de la ‘Educación para la ciudadanía’, la cual fue bastante cuestionada pues, aunque teóricamente bien encaminada, fue compleja de llevar a la práctica de forma efectiva. Respecto a este debate, a parte de las razones mencionadas anteriormente, Fernando Savater en su ensayo ‘Ética y ciudadanía’ apuntó una razón importante en defensa de esta materia, y es que, según el autor donostiarra, los ciudadanos no están mal formados académicamente sino sobre todo mal formados cívicamente, ya que no saben expresar con argumentos sus demandas sociales, no son capaces de discernir en un texto sencillo o en un discurso político lo que hay de sustancia cerebral y lo que es mera hojarasca demagógica, desconocen minuciosamente los valores que deben ser compartidos y aquellos contra los que es lícito (incluso urgente) rebelarse. Añade también que lo realmente negativo es que la educación no va más allá, es muy limitada; no consigue acuñar miembros responsables y tolerantes, por críticos que sean, para vivir en sociedades pluralistas. No están preparados para la democracia. Y es que la tolerancia también es un valor de suma importancia, puesto que el consenso y disenso, apunta Savater, son dos caras de una moneda única.
Concluyendo pues, de lo que hemos dicho se desprende que la educación política o formación cívica de cada persona es permanente, y así lo requiere la democracia, lo demanda la sociedad global y, por último, así lo necesita la persona humana. Además, la educación cívica debe ser válida para todos los ciudadanos, es decir, debe tener el carácter de universalidad, para lo cual debe tener como fundamento los valores universales del ser humano que, por otro lado, también fundamentan la democracia. Los humanos tenemos la capacidad física y psicológica para formar una sociedad democrática y corresponderla con una responsabilidad ciudadana decente que la haga efectiva.
La democracia es un sistema que cede el poder al ciudadano, y por todos es sabidos (o así debería ser), que un poder, conlleva una gran responsabilidad.

BIBLIOGRAFÍA:
-La importancia de la formación ciudadana – Artículo de Mazzina, Constanza (2003)
Escrito originalmente para el Instituto Internacional de Gobernavilidade (http://www.iigov.org/)

-Homo Videns: La sociedad teledirigida – Giovanni Sartori (1997)

-Ética y ciudadanía. Ensayo de Fernando Savater (2002)

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